Por: Luis JoaquÃn a Mendoza Sierra
El pueblo abatido despide a un sÃmbolo de la solidaridad y el pragmatismo, un ser superior en corazón y gestión.
Extrañaremos a Luquita, el magnánimo, ¡Adiós amigo!
No faltará quien se imagine que el titular podrÃa ser un mero truco de palabras para configurar el conjunto de grafemas o la grafÃa LG, que lo identificó, eternamente, en sus campañas polÃticas, mas no es tan simple. Quien asà piensa, se equivoca. Es mucho más que eso porque Luquita, también se le conocÃa con ese hipocorÃstico, como Ciro El Grande, produjo una especie de liberación de los oprimidos incorporándolos a la institucionalidad, a la vida pública, haciéndolos sentir parte de la sociedad en un verdadero ejercicio de participación.
Pueblo, magnanimidad y pragmatismo pudieran definir de manera, casi perfecta, a este hombre noble, servidor, solidario, amoroso y ejecutor de una praxis propia del desarrollado sentido del transformador y visionario que ejecuta resuelto y seguro de concretar resultados sin miramientos teóricos o rebuscados y dilatorios modelos de elucubración que demoran las soluciones y obstruyen la concreción de los hechos.
Lo hereda de la mejor escuela que ser humano alguno haya tenido la fortuna de encontrar al nacer. Sus padres, doña Elvia y Don Lucas, maestros de la caridad y la filantropÃa, formaron una familia ejemplar desde la óptica de la solidaridad y el amor a los demás.
Cuentan que el amoroso y solidario Don Lucas, lo daba todo, al punto que, si el necesitado no lo buscaba, él salÃa a su encuentro. RecorrÃa la vecindad y los hogares de gente amiga o pobres, para mirar qué casas amanecÃan con los fogones apagados, por falta de dinero para los alimentos, para regalárselos y, de esa manera, hicieran el desayuno, si es que no aparecÃa con las manos llenas para darles de comer.
El samaritano Lucas, padre, quien como dicen los vallenatos sacaba a un preso más rápido de la cárcel que un abogado, les enseñó a sus hijos servir sin esperar nada a cambio, distinto de la satisfacción de socorrer al necesitado, y Lucas Jr., Luquita, como sus hermanos Cielo MarÃa y Nelson, especialmente, porque los demás Jorge y Chamiro, fallecidos, como Pepe, Elsa, Gina, Yuly y Alma, igualmente se han distinguido por su afabilidad, caridad, y entrega apasionada a la abnegación.
El Legado de un Gran visionario

Los Gnecco Cerchar, descendientes de italianos, son oriundos del departamento de La Guajira. Lucas, nació en Maicao y los demás en Papayal, corregimiento jurisdicción de Barrancas, pero migraron hacia Valledupar muy temprano, en donde fueron recibidos con inmenso aprecio por su calidad humana, sencillez y entrega a los demás.
Varios de ellos, en especial Lucas, se dedicaron al comercio y al transporte de carga y pasajeros, entre el Cesar y La Guajira y viceversa. Pero el aprecio y la gratitud de la gente asà como su entrega a los demás, los fueron induciendo hacia la polÃtica, al punto que Luquita, inició un escalonamiento a través de una carrera en calidad de lÃder polÃtico con la que alcanzó, inicialmente, una curul en el concejo del municipio de La paz, en donde se habÃa casado con la distinguida y apreciada dama Denys Zuleta, conocida como Lilo, y desde allà despegó en un espiral asombroso que lo lleva a conquistar honores admirables como convertirse en el primer gobernador por elección popular del Cesar, entre 1992 y 1994, dignidad que vuelve a ganar con enorme fervor popular para el periodo 1998 y 2000.
Tuvo un desempeño eficaz y un reconocimiento popular extraordinarios que asombraron a crÃticos y analistas. Con apenas estudios primarios, y dos primeros grados de bachillerato en el colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana de MedellÃn, el arquetipo del pragmatismo, fascinó a los electores por ser directo, práctico, llano, sincero y servidor. Pepe, su hermano, fue Senador de la República y candidato a la gobernación del Cesar, pero no alcanzó a superar al carismático Luquita.
Cielo MarÃa, su hermana y madre del, también, dos veces gobernador Luis Alberto Monsalvo, eternamente enamorada del servicio social y del progreso de la gente humilde, ha podido ser una gran figura de la polÃtica, pero ha preferido dirigir sus esfuerzos hacia otros, poniendo sus hombros para llevar a sus hermanos, a su hijo y a muchos otros lÃderes de distintas tendencias ideológicas al poder público, porque siente que eligiendo buenos gobernantes, sin importarle quienes sean, cumple el propósito de servirle a la humanidad.

Lucas no dejó de ser Luquita nunca en su vida. EjercÃa el poder en medio de un contraste extraño, por no ser común entre quienes son ascendidos al poder ya que se vuelven arrogantes y se alejan del pueblo. Luquita era la antÃtesis: mientras más escalaba en el poder más humilde se tornaba, convirtiéndose en un lÃder polÃtico dado al pueblo.
Frecuentemente ingresaba al palacio de gobierno por la puerta de acceso al público. Bajaba a lustrar los zapatos, al frente de la gobernación, donde Dago, un embolador emblemático de los alrededores, en donde se aglutinaba la gente a conversar y reÃrse con él.
Gnecco fue de los parlamentarios, Representante a la Cámara, exactamente, revocados por la Constituyente de 1991 que disolvió el Congreso, por lo que retornó a Valledupar, y en una memorable campaña electoral alcanza el más sonoro triunfo de la historia polÃtica del Cesar al ganarle, en franca lid, a Alfonso Campo Soto, un inderrotable, según aseguraban los analistas de la época.

Aquella fue una hazaña comparable, por el fervor y la pasión, a la que ocurre en las elecciones para gobernación de 1997, cuando le gana a Consuelo Araujo Noguera, La Cacica, quien, a propósito, habÃa sido su aliada en la primera campaña para ser gobernador, y luego la incluye en su gabinete, nombrándola gerente de la LoterÃa La Vallenata.
Fue siempre un liberal de racamandaca pero sus ejecutorias, sus éxitos y el arrollador carisma que lo caracterizaban, lo convierten en una figura influyente al punto de formar y liderar su propia organización polÃtica lo que logra al fundar el GOLPE, Grupo Organizado Liberal Popular que trasciende como lÃnea ideológica alternativa a las fuerzas tradicionales con las que finalmente, más tarde, termina haciendo alianzas.
Su carrera polÃtica la han continuado su sobrino Luis Alberto Monsalvo, tan carismático y ejecutor como él, elegido dos veces como gobernador del Cesar, con abrumadora votación, también fue Representante a la Cámara; sus hijos José Alfredo, actual senador de la República, quien ya habÃa pasado por la llamada Cámara Baja; Lalo, actual Concejal de Valledupar y, su sobrino, Popo Barros, un diputado reelegido infinitamente como reconocimiento a su labor en la Asamblea.
Obras que se ven

Parece un lema, pero es realidad. Lucas se esforzó por impulsar la ejecución de obras que impactaron, en su momento y, aun hoy, son Ãconos de su prolÃfica labor gubernamental. Otras obras, las sociales, poco se vieron o no tuvieron difusión porque las hacia sin esperar protagonismos, pues solo atendÃan el deseo de servir.
Referentes como la Biblioteca Rafael Carrillo Lúquez, el Coliseo Julio Monsalvo Castilla, con techo giratorio, gran novedad en su momento; la plaza del barrio Primero de Mayo de Valledupar, agua potable, vÃas terciarias y pavimentación de secundarias, hospitales, en fin, resultados que marcan la historia en una gestión pública departamental, digna de evocar.
Lideró y puso en marcha una estrategia de paz y convivencia con participación del guatemalteco Manuel Conde Orellana, un hombre versado en estos asuntos, en la región, para expresarle a la sociedad cesarense y colombiana, que el Cesar le apostaba a la paz y rechazaba la guerra atroz traducida en sangre, huérfanos y luto.
Junto a la primera Dama, Lilo de Gnecco, impulsó un proceso integral de apoyo a sectores sociales desfavorecidos que recibieron grandes beneficios en educación, salud y convivencia. Benevolentes y grandes de corazón constituyeron el amparo de pobres y desarraigados, librando un verdadero combate para reducir la desigualdad.
RÃos de tinta pudieran escribirse acerca de la obra de Lucas Segundo Gnecco Cerchar, y hasta de su tragedia producto de la persecución desconsiderada y obcecada de la que fue vÃctima al punto que recibió una insólita condena por constreñimiento electoral, delito que se estrenó en Colombia con este humilde provinciano, a raÃz de un supuesto mensaje que habrÃa enviado a una servidora de la extinguida Electrificadora del Cesar para que votara por su hermano Pepe, quien aspiraba a la gobernación y, a la postre, derrotó Mauricio Pimiento.
Fue separado del cargo de gobernador, nuevamente perseguido y condenado, sufrió atentados de parte de la guerrilla, padeció el secuestro a través de uno de sus hijos, pero el pueblo, agradecido e inamovible, siempre estuvo a su lado hasta el final de sus dÃas.
En su despedida final, las lágrimas de una masa, conmovida, de vallenatos, cesarenses, guajiros y gentes llegadas de otros lugares del Caribe y del paÃs, aflojaron la tierra donde estaba siendo sepultado.
Los agradecimientos públicos, algunos gritados en pleno sepelio, por los gestos benevolentes que lo caracterizaron, se escuchaban revestidos de lamento. Los que recibieron apoyo para la matrÃcula universitaria de sus hijos, el carromulero a quien donó el caballo para reponer el animal que habÃa muerto en un accidente, los que encontraron trabajo y oportunidades, solidaridad, amor y comprensión, los que fueron socorridos en un momento de angustia provocado por hambre, enfermedad o muerte de algún familiar, junto a toda la multitud reunida, lloraron a moco tendido ante esta pérdida irreparable que rompe el alma, apenas compensada por su colosal legado.
¡Paz en su tumba!






